El Barista de los Sueños

Soy, como casi todos, una persona común, con un empleo común y una vida común.

Sé que no soy tan afortunado como algunos, ni tan desafortunado como otros, no tengo envidia por los de arriba porque yo soy para otros “el de arriba”.

Mi trabajo es simple, sirvo café, nada especial, si eres alguien común, pides, tomas, pagas, y te vas, simple. Sin embargo, esto no es lo que los regulares hacen.

Los regulares de la tienda suelen aparecer por la puerta y saludar; son conocidos por estar en el local por otros tantos, tanto regulares como casuales.

Al sentarse no piden de inmediato, por lo general preguntan cómo estoy y qué estuve haciendo.

Al pedir, suelen pedir siempre lo mismo, a veces con ligeras variaciones, un capuchino lleno de cariño, un té amargo con conocimiento, o incluso simple y llana leche del contento.

Preparo y entrego, ya sin esperar nada a cambio, pues son clientes fieles y queridos, que se pasan y me cuentan sus apasionantes vidas con gloria y pena que escucho tan atento.

Cuando se retiran me entristezco un poco, pero sé que volverán con más historias entretenidas para alimentar mi curiosidad, mi confianza y mi cariño.

Sin embargo, hoy, alguien no apareció, esto me chocó, pues pasaba cada día para pedir y charlar, miento si digo que no me preocupó.

Otro día más, que le debo de esperar. Su regreso no parece cercano y me empiezo ya a agobiar

Una semana ya, perdí la esperanza, un regular más que se va y sin dar ni un saludo final. Otro más a la lista de los que pasaron, bebieron y se fueron, sin requerir más de mi café ni de mí en absoluto.

No es la primera ni la última vez que pasa, pero cada vez duele como si la primera viniera por venganza. Se van, pues, a otros locales, donde venden algo que apetece más y no puedo culparlos.

Sin embargo, ahora los siento lejanos, más de los que los sentía antes, pues antes ellos eran para mí los de arriba y los elogiaba, pero ahora suben más y yo me siento cada vez más abajo.

No estoy mal ni tanto mucho, pues al sentimiento ya me acostumbro, sé que no podré llegar tan arriba, incluso si lo intento.

La gente viene, se lleva lo que necesita y se va, no es nada fuera de lo ordinario, pero cuando alguien que regresaba por más o solo por hablarme se retira, no tengo otra cosa que pensar que de mí se cansaron y para ellos no soy necesario.

Otro día más abro mi cafetería, caras nuevas hay, caras viejas también; sin embargo, no tantas como las había ayer.